Me quedo con lo mejor

Quizá, a mis 24 años, sigo demasiado soñador. Quizá, y así lo siento, incluso bastante ingenuo. Con demasiado que aprender, eso seguro. Lo cierto es que cuando decidí lanzarme a crear un blog (antes El cuaderno de Calpurnia Tate, ahora, ehfdquimica.com), divulgar (ayudar, aprender y compartir, tal y como me gustaba definir esta tercera componente de la Ciencia actual) y difundir la Ciencia (la Química, en particular) a través de las redes sociales, lo hice cargado de ilusiones, de pasión y de alegría. Debo decir que algo más de dos años después, la ilusión, la pasión y la alegría continúan.

Divulgar no sólo es que sea recomendable, es que es necesario. Fundamental. En una sociedad como en la que vivimos, la que somos, la que formamos y la que construimos, la cultura científica debe estar presente en el pueblo y para el pueblo. Para no caer en las pseudociencias, para evitar fraudes, para no ser engañados en mente y en bolsillo, para satisfacer la curiosidad, para mostrar el legado cultural que supone la Ciencia. Y es ahí donde ya sea mediante una web, un blog, una revista, un programa de radio, una asociación, un foro, una página de Facebook o una cuenta de Twitter, se puede contribuir a la alfabetización científica social. Si bien, dicha alfabetización científica ha de empezar en la escuela y mantenerse en los institutos para que aquellos alumnos que en su vida profesional no estén en contacto con las ciencias, al menos, tengan unas bases científicas mínimas (los contenidos se olvidan en su mayoría, pero las estrategias y los mensajes y actitudes pueden calar). No recodarán cómo se calculaba el pH de una disolución de un ácido poliprótico, pero sí que eso del 100% natural, sin químicos, además de un error de lenguaje es una mentira, un engaño y un error conceptual de grandes dimensiones.

¿Es la divulgación la solución a la falta de cultura científica de la sociedad? No. ¿Lo es la educación? Tampoco. La solución requiere el efecto conjunto de ambas, educación y divulgación (y alguna variable más que podríamos discutir, aunque no sea el objetivo del post) y aún así, lo tenemos complicado… Pero lejos de asumirlo con desilusión debemos asumirlo como un reto, ¡un fascinante reto! Estamos trabajando por la cultura, por la sociedad… Por la Ciencia.

Quizás sea porque si no hubiese sido químico, ni hubiese estudiado Física, ni Biología, ni Geología, ni ninguna ingeniería. ¿Me gustaban las ciencias? ¡Mucho! ¿Tanto como para dedicarme a ellas? No… Salvo una. Soy un bicho raro. La Ciencia de Lavoisier y Pauling me llevó de su mano a los 13 años y desde entonces, me enamoró. Si bien es cierto, químico por vocación, pero sólo químico. ¿Mi segunda opción? Historia. Supongo que fue ante los nervios y la autopresión del momento de la decisión cuando algo que tenía tan claro a mis 13 se volvió ligeramente confuso a los 17. ¿Y si me matriculo en Historia?

Ironías de la vida, saqué la misma nota en la Selectividad tanto en Química como en Historia de España. Pero pudieron los enlaces y las reacciones y comencé mi carrera. Si bien estuve en grupos de investigación brillantes, en lo humano y lo científico, algo dentro de mí sabía que la investigación no era lo mío. Igual que amo la música, pero me considero incapacitado para tocar cualquier instrumento (flauta incluida), con la investigación me ocurría lo mismo. Será que soy un mal químico (ya se sabe lo que dicen de los químicos a los que no les gusta el laboratorio, y no es que no me guste, es que no es lo que más me gusta de la Química).

En las calles de Roma, bajo un caluroso sol de Junio, recién acabada mi carrera y días antes de mi graduación, mientras mi madre ojeaba unas tiendas, supe que debía abandonar lo predecible y lanzarme a mi vocación: la enseñanza. ¿Cómo se te ocurre? ¿Has visto cómo está España? Consejos paternos y de amigos (mi madre sabía bien mis pensamientos casi sin hablar con ella)  llenos de cariño y preocupación por mi bien, consejos que no seguí. Un bicho raro. El mismo instinto, llamémoslo así, que me guió cuando decidí lanzarme a las probetas me guió al lanzarme a las tizas y mesas verdosas de nuestros institutos. Ese mismo instinto que meses después de aquel sufrido máster me lanzó al doctorado. A la historia de la Química y su enseñanza. Un terreno poco común para un químico, pero ya os dije que más de una vez me sentí un bicho raro.

Pero debo confesar que en mi relato no he seguido una linealidad temporal. Hubo otro de esos instintos que me hicieron iniciarme en algo no académico, aunque quise formarme al respecto y por ello cursé el título de experto universitario en divulgación y cultura científica, pero sí profundamente enriquecedor: la divulgación científica. Así, a mis 24 años he tenido la oportunidad de llevar un blog (aunque haya tenido dos nombres), un programa de radio, de impartir conferencias en universidad e institutos e incluso de salir en el periódico. Pido perdón si al lector le parecen arrogantes estas líneas. Quien me conoce sabe que si algo inspira este párrafo es la incredulidad. No me lo pude creer en su momento y no me lo termino de creer ahora. Fui afortunado. ¡Muy afortunado! Si bien ha habido cosas que no me han gustado de la divulgación, también las ha habido de la investigación  (la papermanía nunca fue lo mío) y también las hay en la docencia. Las ha habido, las hay y las habrá. Pero, ¿sabéis una cosa? Me quedo con lo mejor.

En estas líneas, agrupadas bajo el título de la biografía de mi querida, admirada y respetada Lola Herrera, no hay reacciones químicas ni diagramas de reacción. No sé muy bien qué hay o puede que lo sepa tan bien, que verbalizarlo sea demasiado simplista. Líneas arriba os hablé de ese instinto que me guió a estudiar Química, a apostar por la docencia y a sumergirme entre libros de historia de la Química. Ese instinto que me lanzó a crear un blog, ponerme delante de un micrófono de radio o a dar una conferencia delante de público desconocido y conocido. Ese mismo instinto, Luisito como le suelo llamar, me habla (permíteme querido lector que me tome esta licencia literaria en un espacio virtual científico), más bien, me lleva hablado,  desde hace meses.

Igual que intuía mientras hacía geles de poliacrilamida o mientras aislaba compuestos con actividad antitumoral de organismos marinos que eso no era lo mío, ese Luisito me dice que es tiempo de iniciar una nueva etapa. Una etapa más analógica en las vivencias y menos digital en el contenido. Una etapa de trabajo y esfuerzo… Dura y fascinante a la vez. Mi vida profesional es joven, mis conocimientos aún ocupan una pequeña parte de lo que espero que algún día lleguen a ocupar (¡afortunadamente!, ¡qué aburrido sería saberlo todo ya!) y mi pasión, para mí, demasiado valiosa y necesaria en mi día a día como para dejar que el comburente de la vida la queme. No dejaré que se me escape el flogisto, ni aunque suponga perder un peso negativo.

No, ni Luisito ni yo lo queremos. Seguiré cuidando, mimando, atesorando mi pasión por la Química. Por delante, horas y horas de esfuerzo, trabajo y dedicación por varios sueños  por los que quiero luchar. Quizás no se consigan, ya veré, pero nadie podrá quitarme nunca la satisfacción de lo aprendido y disfrutado por el camino. Me quedo con lo mejor.

Dije hace unos días en la red social del pájarito, que dejé de sentirme identificado con el llamado “mundillo de la divulgación”. Un mundo, como todo, donde hay personas excepcionales. Un mundo gracias al cual he conocido a personas excepcionales. Pero un mundo donde también he visto qué es lo que no quiero hacer. Si bien mi vida hubiese sido más cómoda siendo algo más pelota, siempre pensé que bailar el agua sólo está bien como título de película, una de mis favoritas. Y no sé bailar así, aunque el agua sea una sustancia química (fascinante, por cierto). Además, la única superestrella que merece mi atención es ella. Aprendamos a esquivar las flechas. O, como en el vídeo, a ponernos de pie cuando acierten.

Llegado este punto, queridos lectores, es tiempo de bajar el telón. Pero no es una despedida de un Luis triste, apagado o decepcionado. ¿Merece la pena estarlo por malas experiencias (pequeñas o grandes)? Creo que no, cuando hablamos de algo puramente voluntario y sobre todo, cuando me quedo con lo mejor. ¡La vida es un gran erlenmeyer donde aún quedan muchas reacciones por hacer!

Erlenmeyers, libros, viajes, amigos, amor, familia, Madrid, cafés, risas, dulces, conciertos, teatro, historia, Química, enseñanza, doctorado junto a mi querido y admirado maestro… ¡Cuántas cosas por delante! A todos quienes habéis apoyado (con palabras de cariño, correcciones, opiniones, etc) mi pequeña contribución (nanoscópicas más bien) a la divulgación científica y de los que tanto cariño he recibido, os doy las gracias. En moles, siempre en moles. ¡Nunca perdáis vuestra pasión por la Química! Y vuestra pasión por la vida, en general. La vida es demasiado increíble como para mantener aquello que nos apantalle, con perdón de Slater, la alegría. Y si algo amenaza con hacerlo, seguid a ese instinto, pasional y racional, y hacerle caso. Es lo que hago ahora. Yo me quedo con vuestros comentarios, mensajes, tuits… Me quedo con lo mejor. Dos años y pocos meses disfrutando con la divulgación científica. Cierro esta bella etapa. Siguen auténticos gigantes. De los que anteponen corazón a contador. El lector sabe reconocerlos fácilmente. Por sus frutos los conoceréis (quién me hubiera dicho que me despediría como divulgador citando la Biblia).  A ellos, en especial, a esos profes de los que tanto he aprendido y con los que tanto he disfrutado, a todos, mis mejores deseos.

Seguiré con mi amada Química, desde las trincheras. Un amor eterno. Una gran labor por delante. ¡Y fascinante!

Y recordad, quizá no bailemos tan mal.

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